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Elogio de la brevedad

LA ESPERA, de Marta Dulce

LA ESPERA, de Marta Dulce

Por fin el café caliente sosegó los resabios de mi nerviosismo. Estaba en el palier de la entrada esperando a Juan para ir al cine. Se hacía tarde y estaba intranquila. La llegada del patrullero me distrajo. El oficial no encontró en el edificio mejor testigo que yo, la única a la vista que no tuviera relación supuesta con el occiso. No hubo forma de escapar, había que labrar el acta en el 5º A donde vivía Mariela, conocida en el barrio por brindar servicios personales a bajo costo.

—No es necesario que pase. Puede permanecer en la puerta –indicó el oficial.

El panel divisorio dejaba entrever una silueta mórbida e insinuante. Por motivo desconocido había dejado esta vida, o alguien hizo que la dejara.

Asentí, sin pensar cada descripción enumerada por el sargento. Estaba pálida y me temblaban las piernas.

—¿Falta mucho? –pregunté, rechazando el olor que dudo que algún día pueda olvidar.

—No, ya termino. Firma el acta y se puede retirar.

Sin querer, moví la puerta y se abrió. La silueta en el piso se hizo rostro. Perdí la conciencia. Recién reaccioné en el corredor, sacudida por el alcohol del pañuelo del portero. Me acompañaron hasta el bar de la esquina, me sirvieron un cognac ordinario y, cuando se cercioraron de mi equilibrio, el oficial y el portero se fueron.

Quedé con la taza de otro café caliente y en mis ojos la imagen del rostro de Juan, pálido, tieso, clavándome con su desnudez pérfida lo inútil de la espera. 

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