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Elogio de la brevedad

AMPARO, de Marta Dulce

 

Amparo, empachada de papas a la pimienta y empapada de sudor, entró en la casa del comisario Cardozo. Pálida y palpitante, vomitaba palabras con gestos exagerados. Parloteaba con la premura de quien presiente partir a otra vida. Cardozo escuchaba con cautela. En su desesperación, Amparo cayó en los brazos del comisario, quien sentía con cierto asco la carne floja del cuerpo inconsciente de su vecina. Cuando apoyó la cabeza colgante en el suelo, oyó un sonido extraño en las entrañas ocultas bajo las formas ampulosas de Amparo. Un silbido asesino se esfumó por los labios cerrados, colmando la nariz de Cardozo de un olor tan fétido como el del sulfuro. Furioso y conmovido, el comisario llamó a Carmela, su concubina, para que se comunicara urgentemente con el sargento Gervasio Santos. En la 35, los mates intentaban apurar la digestión del sargento. Por apurado y sorpresivo, el llamado le cortó el metabolismo. Se ajustó el arma al cinto y salió a la calle con el rostro gravado por la gravedad de su cargo. Impávido, tocó la puerta que Carmela abrió tropezando con el cuerpo de Amparo. Cardozo fijó la vista en Gervasio, y éste en la concubina. El sargento Santos calló mientras miraba a su esposa. Esposado fue conducido a la celda. En la penumbra, eructó soledad con sabor a pimienta, mientras soñaba su desamparo, lejos de las caricias de Carmela.

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