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Elogio de la brevedad

DESDE DENTRO, de María Irazoqui Levi

     

Mira, Anna, te cuento: el otro día me puse un vestido rojo, rojo de cabeza al  suelo, me miré en el espejo, y pensé que te gustaría verlo. Después me di cuenta de que ya no estabas, y dije: ella ya no puede verlo, lo escondí en un armario para que nadie lo viera. Si  ya no puedes verlo, que nadie lo vea.

Mira, Anna, te cuento: el otro día, yendo por el puerto, me extasié con el cielo,  y pensé que te gustaría verlo. Después me di cuenta de que ya no estabas, y dije: ella ya no puede verlo,  lo escondí en un armario para que nadie lo viera. Si  ya no  puedes verlo, que nadie lo vea.

Mira, Anna, te cuento: el otro día me desperté temprano, apareció el sol, enrojeció  como el fuego, y pensé que te gustaría verlo. Después me di cuenta de que ya no estabas, y dije: ella ya no puede verlo,  lo escondí en un armario para que nadie lo viera. Si  ya no puedes verlo, que nadie lo vea.

Mira, Anna, te cuento: el otro día paseaba por el campo, cantando y bailando, con un sombrero de fieltro, y pensé que te gustaría verlo. Después me di cuenta de que ya no estabas, y dije: ella  ya no puede verlo, lo escondí en un armario para que nadie lo viera. Si  ya no puedes verlo, que nadie lo vea.

Mira, Anna, te cuento: encerrados, en un mismo armario, están el vestido rojo, el azul del cielo, el sol como el fuego, y el sombrero de fieltro, en un impulso repentino me escondí también dentro. Si ya no puedes verme, que nadie me vea.

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5 comentarios

Rojo y Negro -

No había leído a Enrique y me parece sencillamente sublime lo que dice Eloah.Lo comparto plenamente

Enrique -

Hoy, un ser maravilloso que es sangre de tu sangre, que está cuidando de mi como pocos han hecho, y con quien siempre estaré en deuda aunque nunca me lo cobre.
Por las cosas que le cuento y el pacientemente escucha, le ha parecido que era oportuno que leyese este relato; me lo ha servido en bandeja, y delante lo he encontrado ya dispuesto a la lectura amablemente preparado en la pantalla de su ordenador.
Superado el pecado capital correspondiente, lo he leído con agrado y, al terminar reconozco que me ha dejado emocionado, una vez más he de reconocer que acierta en sus intuiciones. Algunos tenemos la suerte de compartir cosas con un ser maravilloso, ya ves, yo empece hablando de uno y ahora estoy hablando de otro; de este otro que te cuento, en mi vida lo fue todo, y aunque ya hace unos quince años que Atropos se lo llevó, sigo compartiendo con él todos mis buenos y malos momentos, como tu titulas..."desde dentro", por que es ahí donde ahora vive y así es como lo siento, vive porque yo vivo y por eso he de seguir viviendo; para que ahora los dos sigamos encontrando de vez en cuando, a otro ser maravilloso.
Yo no te diría esto, pero como él es muy teatral y sigue teniendo mucha influencia en mis conductas, me dice que lo mejor sería ponerse el vestido rojo, el sombrero de fieltro, tacones, bolso y complementos, y salir a pasear las dos, y a disfrutar de "Lorenzo"....(...y si Lorenzo, tiene apellido, mejor todavía) un guiño, aunque no nos conocemos y disculpa el atrevimiento.

MARIO -

Anna puede verte, de otra forma distinta a la que antes veía y miraba y disfrutaba, y seguro que no quiere ni por un momento que te encierres en el armario; lo que ella quiere es verte disfrutar con el vestido, con el paisaje, con el sol, con del sombrero. Pero el cuento está estupendamente desarrollado y dicho con toda claridad. Mario

Estrella -

Mira, María, te cuento: Para mí en ese armario está el azul del cielo, el sol como el fuego, el sombrero de fieltro, estás tú, estoy yo, estamos todos y está Anna

EDUARD -

Magistral lo de encerrarse uno mismo en el armario
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