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Elogio de la brevedad

EL MENDIGO Y EL PERRO, de Araceli Otamendi

Sabe dormir en la calle, en el barrio de Palermo un mendigo al que acompaña un perro.

El mendigo duerme envuelto en una frazada polar, de color brillante, seguramente alguien se la ha acercado.

Lo acompaña un perro.

El perro es negro y de piel lustrosa. Tiene dos manchas de color café con leche sobre los ojos, a modo de cejas.

El perro, se instala cerca del mendigo y en los días fríos, de bajo cero, duermen los dos muy juntos para darse calor.

El mendigo no tiene un sitio fijo. Va cambiando de calle, puede dormir en medio de la vereda.

El otro día, en la Avenida Santa Fe estaba el perro pero no el mendigo. El perro dormía cerca de una medialuna que seguramente alguien o el mismo mendigo le había acercado. Los ruidos de los automóviles y colectivos no perturban al perro quien permanece inmóvil en el lugar, esperando seguramente al mendigo.

Era la mañana de un día luminoso y el perro estaba solo. El mendigo no estaba. El perro estaba echado en la calle, descansaba pero no dormía.

El mendigo no estaba.

Nunca se ve la cara del mendigo. A veces aparece por ahí un hombre solitario, cubierto apenas con harapos negros y sucios, camina por la calle y todos se alejan cuando lo ven.

Víctima de la locura, la suciedad, la miseria, el mendigo anda por ahí.

Puede ser el mendigo que duerme con el perro, tal vez. No se sabe.

A la tarde, seguramente en una de esas calles que recorría Borges, a las que les cantaba, que caminaba para ver a su amigo Xul Solar, se podrá encontrar al mendigo y también al perro.

 

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2 comentarios

Hernan -

Muy buen cuento,muy realista. Segui mandando(algun policial si queres)
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Ricardo Rubio -

¡Bienvenida, Araceli!
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