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Elogio de la brevedad

EL LLANTO, de Héctor Faga

EL LLANTO, de Héctor Faga

Oyó el llanto. Era un llanto mínimo, impreciso. Un llanto solitario de cromosomas abrazados que le recordó de inmediato tantos otros llantos. Como el de aquel terrible día del accidente ferroviario que se llevó en un mismo instante a su padre y a su madre, sin que tuviera tiempo de ensayar un esbozo de despedida. Y era demasiado pequeña para saber siquiera a quién odiar. O el llanto juvenil del primer amor frustrado, del primer desengaño impreso en su retina, cuando encontró en una inequívoca situación equívoca a su novio con su mejor amiga compartiendo el lecho en la oscuridad de un cuarto apenas iluminado por su ausencia. O el llanto reciente del fracaso laboral, cuando ya pisando los cuarenta recibió la noticia de que algún señor extranjero al que nunca conociera había decidido que el puesto de ella era prescindible “por razones de mejor organización”, como suelen decir cuando no hay nada más para decir, y que debía renunciar y dedicarse a cobrar en pedacitos la magra indemnización amasada en tantos años de entregar sus propios años a la impersonal empresa de que hasta entonces formaba parte. Claro que ella no podía competir con su reemplazante, quince años más joven, quince años más fresca, quince años más encantadora, y para colmo, con más títulos que el de su a duras penas terminado secundario.

Todos estos llantos desgarradores, de lágrimas y mocos sin consuelo, se fueron enquistando angustiosamente bajo la piel y la endurecieron hasta el punto de que ella ya se consideraba inmune a cualquier tipo de ternura.

Sin embargo, se sabe que no todos los llantos son iguales.

Por eso, cuando oyó nuevamente el llanto entre sus piernas, dejó de pujar y comenzó a llorar ella también.

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2 comentarios

marta -

Héctor: una maravilla llena de imágenes, de historia...y el contrapunto de las lágrimas, con las palabras justas.

mariel -

excelente.final dulce e imprevisto
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