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Elogio de la brevedad

Hernán Salvarezza

UNA NOCHE EN LA BIBLIOTECA, de Hernán Salvarezza

 

Leía un texto de geografía en la biblioteca nacional un sábado de primavera pasada la medianoche. Lo apasionaban las enciclopedias de Richard Hugget y David Morney; también disfrutaba de la historia mundial según la entendía Nicanor Xul.

 Mientras estudiaba la Patagonia Argentina escuchó un murmullo que no pudo identificar, acaso una voz interior o el rugido lejano de un tigre.

Siguió el vasto sonido hasta llegar al fondo del salón y fatigó la escalera caracol hasta la buhardilla. Adentro, un escritorio, un sillón de cuero  y un viejo baúl sin tapa que contenía un libro forrado con gamuza azulada.

Pasó algunas páginas apurado por descubrir el contenido del volumen.  La última vez que había sentido esa emoción por un libro, leía la Odisea de Homero que primero perteneció a los Griegos y después a todos los pueblos.

Las primeras hojas le revelaron sus pasos iníciales en las letras y los precedentes de los volúmenes que vendrían. En el segundo canon encontró su actualidad, reflejada sin secretos. En el tercero se encontró a sí mismo, convertido en tigre y en su eterna búsqueda del oro.  También le mostró su destino inevitable y su increíble final. Sería tan solo un ciego escritor de cuentos llamado Borges.

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CORTOS DE GUERRA 2, de Hernán Salvarezza

I.

Nunca es tarde le habían dicho, nunca es tarde para empezar o para reparar lo que hicimos mal. Sin embargo Juan pensaba distinto, estaba decidido, pero se sentía tironeado por dos afectos muy diferentes. Había visitado a su novia, esta le había dicho que era una locura, que podían salir del país, empezar de nuevo y que  no era necesario arriesgarse tanto. Pero Juan no escuchaba razones, estaba ciego a la lógica de sus  familiares, sentía que le debía algo a su país y que tarde o temprano esta le reclamaría su deuda. En la calle abundaban las manifestaciones, los carteles de propaganda y las reuniones de jóvenes como Juan que buscaban unirse a las filas de la nación y luchar por un mañana mejor.

II.

Eran las 3 de la madrugada cuando cruzó la última barrera,  solo le quedaba un remoto puesto fronterizo que dejar atrás. Laura tenía un salvo conducto, un documento, preciado y deseado por muchos. Para la embajada la fecha ideal para cruzar sería el dos de Mayo, pero Laura, retrasada por ayudar a la resistencia, cruzaba el cinco. Sus papeles vencidos quizás no servirían en el borde alemán o quizás el soldado, cansado y  con ganas de volver a su casilla podría pasar por alto el error, aunque sea por un sola ves.

III.

Sonia corría por la pradera, asustada, con pocas esperanzas y mirando atrás de cuando en cuando. Perseguida por la crueldad de los soldados germanos cargaba a su hermana, un bebe de 3 meses y unos pocos días. Sus padres habían muerto para darle una oportunidad de escapar hacia Francia, el país de la libertad. Sin destino seguro Sonia avanzaba, lentamente hacia un lugar mejor o hacia la total perdición.

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CORTOS DE GUERRA, de Hernán Salvarezza

 

I.

 

Él no sabía bien cómo seguir, lo que sí sabía es que a partir de los resultados de los exámenes, su vida cambiaría de manera definitiva. Temía el solo hecho de tener que abrir el sobre, de enterarse de una verdad que no tenía vuelta y de sentirse perdido. Se levantó de la cama, dio unos pasos lentos y llenos de angustia hacia la cocina, abrió el cajón derecho de la mesada y sacó un cuchillo. Lo pensó por unos segundos. Luego abrió el sobre y retiró la hoja con los resultados.

Su leucemia era terminal y posiblemente pasaría sus últimos meses en una cama de hospital, sin más compañía que un par de moribundos adictos a la morfina, recién operados y con heridas tan profundas que nunca cicatrizarían.

Abrió la heladera, se sirvió una Coca Cola y volvió a la cama. Su programa de tele preferido del History Channel estaba transmitiendo un documental de la segunda guerra mundial. A Juan ya no le quedaban recuerdos de aquella época. Sus casi 97 años se los habían devorado. Sin embargo verlo todo de nuevo en televisión lo tranquilizaba. Él disfrutaba viendo a la fuerza aérea alemana bombardear Europa, como si las bombas fuesen un regalo del cielo para sanar a una Europa decadente y a un hombre al borde de la muerte.

 

II.

 

Los tres chicos pintaban cartulinas sobre una mesita redonda en el corredor de la biblioteca.

Sobre la pared colgaban las escobas amarillas y las palitas de chapa gris. La directora les había dicho que una vez que terminasen los recortes y los dibujos, debían limpiar la mesita y barrer el piso. Los chicos refunfuñaron, pero aceptaron. La directora se retiró a la sala de maestros y los chicos se quedaron jugando con los colores y los cartones. Era un día frío y el clima prometía una nevada por lo que Samuel abrió la ventana para dejar entrar algún copo de nieve viajero. En su lugar vio a la Luftwaffe ocupar el cielo de Paris. Se congeló y del susto se hizo pis. Las alarmas sonaron, los maestros corrieron a la biblioteca y resguardaron a los alumnos debajo de las mesitas. La invasión había comenzado.

 

III.

 

El zapatero corría sin rumbo a través de los escombros de su barrio. El ataque había sido devastador. Londres estaba en ruinas y las alianzas no respondían. Los más débiles se defendieron como pudieron, ocultándose, huyendo, muriendo y mientras la ciudad ardía en el fuego de la guerra, el zapatero buscaba a su familia. Asustado dejó atrás el distrito comercial y de regreso a su casa, vio la destrucción de los pintorescos barrios londinenses. Los vio arder y caer bajo las bombas de un cielo cubierto de acero. En el caos y la desorientación previa a su muerte, se detuvo y un pensamiento cruzó por su mente. Si Londres cae, perderemos a Europa.

 

 

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