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Elogio de la brevedad

EL PIBE DEL CARTEL, de A. Henríquez

No sé a quién fue que se le ocurrió la idea. Aunque pensándolo dos veces se me hace que fue Cangrejo, que era el líder del grupo en esa época. Yo tenía diez años, tal vez once, y era el más chico de todos. Cangrejo y los demás pasaban los trece o catorce sin pena ni gloria. En nuestro barrio había un almacén, uno en especial, que nos quedaba cerca. Generalmente nos reuníamos en ese lugar si no nos encontrábamos. Allí atendía un hombre de más de cuarenta que, debido a un accidente o a una malformación, tenía un rostro bastante particular. Uno de esos días nublados que no terminan de decidirse entre sólo nubes o lluvia, creo que fue Cangrejo quien nos insistió para pegar los carteles. No recuerdo cómo estaban hechos, ni si los había escrito el mismo Cangrejo. Acompañé a los chicos a través de aquel día nublado, por nuestras calles del barrio, aquellas donde más solíamos estar. Yo no pegué ningún cartel, fueron ellos. En las hojas que pegaban, todas casi iguales, decía algo acerca de un pibe. Ya no lo recuerdo exactamente, pero decía que ese chico era un tarado. Lo decía pero no como una broma. Era algún tipo de agresión no premeditada pero de esas que no hacían reír, ni daban bronca, ni nada, sólo provocaban cierta tristeza. Días después me enteré qué había pasado con el pibe, a raíz de los carteles. En realidad no supe mucho. Lo único que me contaron era que él se había puesto a llorar. Nunca supe cuándo ni dónde, aunque lo imaginaba algunas veces llorando en la calle, solo, en días nublados y húmedos que no terminaban nunca. No pude reflexionar mucho en aquel momento, pero pensé que no le quedaba otra cosa por hacer más que llorar. El pibe era el hijo del almacenero. Se llamaba Juan Carlos pero le decían Charly. Y ese apodo se lo puso Cangrejo.

 

 

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